miércoles, 29 de diciembre de 2010
Vecinos/ Apiñado
Alberto, el vecino que estaba en la casa de los viejitos con doble heladera, es profesor de literatura inglesa en un colegio secundario y una vez contó que quiso golpear a un alumno hasta decir basta y le levantó el puño delante de la cara. Parece que iba en serio. Sin embargo dice que ama dar clase a chicos.Alberto vive con dos perros, gigantones, de esos labradores claritos, en un depto de dos ambientes. También vive con un piano de cola y con una biblioteca, tamaño transatlántico, en dos ambientes. No sabemos cómo hace para moverse entre los perros, la biblio y el piano.
Alberto se enoja con sus canes y se lo escucha gritarles en inglés y en castellano. Aparentemente, el mejor amigo del hombre también despierta rabietas en este profesor.
¿Alberto dormirá arriba del piano?, ¿los perros dormirán en la habitación en una cama matrimonial ya que son macho y hembra?, ¿la biblioteca y el piano serán marido y mujer?,
¿los perros tocarán el piano y leerán a Poe?, ¿él leerá sonetos de Shakespeare a los perros?, ¿por qué ladran los perros cuando él toca el piano?, ¿les grita porque le muerden los libros?, ¿quién afina el piano a las tres de la mañana: él o uno de los perros?
Lo cierto es que los sonidos del piano, los ladridos de sus perros y la voz gruesa de Alberto llamando a "sus bebés" (así les dice) por las escaleras del edificio (de madrugada cuando los saca a pasear y luego toca el piano) son indudablemente un capítulo B de bien bizarro.
Serenella
martes, 21 de diciembre de 2010
Vecinos/ Una heladera paralela

Sigo con la saga de los vecinos y con habitantes de ese mismo edificio.
Lo que viene tiene un comienzo muy triste y muy feo pero que da lugar al meollo de la cuestión.
En 2007 murió R, un adolescente, de forma repentina. Era uno de nuestros vecinos y un pibe muy bueno y saberlo fue un horrible shock. También era vecino de Jenny (la dama de blanco), de Alberto (ya lo conocerán más adelante); de K y de Q y de una pareja inglesa de adultos mayores: Arthur y Kate.
Con todos ellos fui al velatorio de R y regresamos a casa en taxi con el ánimo por el subsuelo. Mientras íbamos subiendo las escaleras, Kate dijo que en su país se estilaba tomar una copa después de situaciones como la que habíamos vivido y que ella invitaba a lo propio en su departamento. Todos dijimos que sí al convite.
Una vez en su casa, Kate preguntó qué queríamos tomar y las respuestas fueron del estilo "lo que tengas, lo que tomen los demás" y ese tipo de generalidades. Pero "lo que tengas" dio lugar a que Arthur nos llevara a los invitados a la cocina y viéramos la existencia de una heladera paralela. Sí, había una heladera para comida y otra -exclusiva y grande- para bebidas alcohólicas. Estaba llena de bote a bote y en su interior sonreían vinos, cervezas, sidras, ron, tequila, champagne, gin, licores, etc, etc, etc. Como si fuera una barra free en un casamiento, cada quien se pidió lo que quiso y así salieron de las manos de Arthur martinis, pisco souer, vino blanco, vino rosado, cerveza, gancia batido y hasta un mojito.
Copa va, copa viene, el dolor dio paso a la tragicomedia y terminamos todos borrachos.
En eso, llegó T a buscarme ya que él no había ido al velatorio pero cuando entró a lo de Arthur y Kate se quedó más que sorprendido al ver las caras rojas de todos y hasta a alguien haciendo chistes verdes (creo que era Jenny).
Saber sobre la existencia de la heladera paralela nos llevó a T y a mí a entender mejor qué podría estar sucediendo, a altas horas de la madrugada, cuando desde el balcón de Arthur y Kate, se escuchaban risotadas, conversaciones super animadas en puro inglés londinense y la voz de Kate -que se parece más a la de un duende que a la de una mujer mayor- contando historias y dando carcajadas que resonaban fuerte en el pulmón del edificio. Después de esa noche, intuíamos que la heladera paralela era la que llevaba a este matrimonio a esa fiesta de martes, miércoles,jueves y viernes por la noche. Y hasta imaginábamos a Kate disfrazada de conejita y al bueno de Arthur descorchando la séptima botella y diciendo yes, of course.
Serenella.
sábado, 18 de diciembre de 2010
Encochedenoche

Descubrí que me gustaba viajar en auto de noche cuando tenía más o menos ocho o siete años. Todavía hoy me encanta mirar por la ventana cuando ya está oscuro y ver cómo pasan las luces por el camino que sube al Pedroso.
Resulta que se habían acabado las vacaciones y teníamos que volver. Papá dijo que íbamos a salir muy tarde para evitar agarrar caravana y se fue a dormir una siesta. Mamá se quedó armando las valijas y limpiando la casa. Yo odiaba el día de vuelta de las vacaciones. Odiaba limpiar la casa e irme. Guardar mi ropa, dejar los juguetes de la playa apilados para el año que viene. Pensar en el colegio. Desde temprano empezaban a faltar cosas y la casa se llenaba de eco.
Como casi siempre, el plan de papá falló. A pesar de que salimos pasadas las doce, una hilera interminable de luces rojas y blancas nos estaba esperando apenas salimos a la ruta. Yo iba sentada atrás, en el medio, con la jaula del hamster sobre las piernas, apoyando los codos en los asientos de adelante. El hamster dormía hecho una bolita. De pronto, de la fila de al lado un hombre gritó algo como "yo sé de un camino de tierra que nos saca hasta el próximo peaje" o algo así. De más está decir que lo seguimos. Mucho rato. Nosotros y unos cuantos más. Íbamos por un camino de tierra estrecho, levantando polvo como en las películas. Al costado se veía una cerca de tres u cuatro alambres de púa que no se acababa nunca. Una cerca hecha con palitos pintados de blanco. Solo se escuchaba el ruido de las piedritas en los neumáticos, la radio que iba y venía, y algún perro muy lejos.
Ahí me dí cuenta de todo lo que significaba ese momento que era solo un desplazarse en el medio de la nada y hacia algún lado y poder ver delante de mis ojos una raya de polvo iluminado por una luz blanca.
Tardamos mucho en llegar al peaje. Yo no quería llegar nunca. Para no volver al colegio, para poder volver a la playa, para quedarme con el hamster paseando para siempre.
Pero llegamos al peaje y a casa. Ya era de madrugada. Apenas sacamos las valijas del baúl, las dejamos en el pasillo y mamá dijo que nos fuésemos a dormir, que mañana acomodábamos todo. Papá tenía que estar en la oficina en un par de horas y estaba de muy mal humor. Yo me metí en la cama pensando en las luces. Tenía los dedos de los pies llenos de tierra.
Vecinos I La dama de blanco

Los días nublados son buenos para las sagas. Por eso hoy que, de este lado del mapa, está así daré comienzo a la Saga de los Vecinos. Quizás se identifiquen con los "personajes" pero les aseguro que todos son reales.
¿Qué características tendría una mujer inglesa que vive sola en un edificio con 23 departamentos y tiene entre 70 y 80 años? A ver: jugar a la canasta / tener una mascota tranquila/ leer viejas "Reader's Digest"/ escuchar la tele o la radio a potente volumen...
Sí pero no.
La dama en cuestión se llamaba Jenny y le gustaba salir a regar la palmerita del pasillo en camisón transparente. A veces, llevaba una bata de flores siempre abierta y unas pantuflas blancas-blancas.
Vivía en el segundo y cuando uno bajaba la escalera (no había ascensor y esto era una actividad recurrente) la mirilla de su puerta se abría y se cerraba en una fracción de segundos.
No fallaba. Si uno era el barco, la mirilla era el faro.
Vivía con la puerta de su depto semi abierta SIEMPRE por lo que: su cocina blanca purísima y un portaretrato grande estaban SIEMPRE al pegar la vuelta para subir o bajar. Cuando esto sucedía la puerta se cerraba de golpe como si hubieran avisado que el edificio sería tomado por un comando de asesinos. Sin embargo, había tiempo para mirar. Después del portazo, desde la mirilla, el ojo azul de Jenny (cualquier semejanza con el cuento de Poe no es casualidad) relampagueaba vaya a saber qué mensaje.
En fin, Jenny regaba su palmera con dedicación diaria y parecía que vivía en camisón transparente y que le gustaba que sus tetas jugaran a las escondidas con los demás porque cuando uno bajaba o subía, ella se "tapaba" SIEMPRE pero un poco tarde...y se escondía tras la puerta.
No había diferencia con hombres o mujeres. El acto repetitivo se llevaba a cabo SIEMPRE.
Planta + Camisón abierto+ Cierre de bata ya + Cierre de puerta ya + Mirilla 1 + Mirilla 2.
Gracias a las reuniones de consorcio me hice vecina de ella. Quiero decir, no era una amistad profunda pero tampoco era un hola-chau-buenos días-buenas tardes.
Jenny hablaba con un acento inglés muuuy marcado y decía la palabra "realmente" a cada rato. Sí, realmente, la escalera no quedó muy limpia, realmente, el encargado debería realmente hacer algo al respecto porque uno paga realmente las expensas a tiempo, querida.
Esa fue una de sus frases en una de estas reuniones.
Una vez, subí a la terraza a colgar ropa y vi que había secándose media docena de pantuflas blancas y media docena de bombachas grandes intercaladas. Par de pantuflas, bombacha, par de pantuflas, bombacha y así. Y no fue casual. Cada tanto esta puesta en escena se repetía y sólo la veíamos los pocos que íbamos a la terraza.
Otra vez, fui a su casa y ella me hizo saber (yo no le había preguntado nada) que era la de la foto en el portaretrato. Noté que de joven había sido una mujer muy linda realmente y que llevaba puesta una blusa hippie con flores que iba realmente abierta en el escote, en v, para adivinar lo que realmente saben.
Parece que la cosa venía de hace tiempo y que la regada de la planta era una pista para seguir imantando moscas en su planta carnívora.
Serenella
viernes, 17 de diciembre de 2010
No me mires
Llegó de la oficina como casi todos los días a las siete y media. La caminata de casi media hora, sumada al peso de la bolsa del supermercado y los dos pisos por escalera la habían dejado sin aliento. Como casi todos los días. Encendió la luz del pasillo y se miró al espejo de reojo. Pudo ver las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos todavía rojos e hinchados por el viento frío de la calle. Acomodó cada lata y las manzanas verdes. Todo seguía igual. El murmullo de algún vecino, los coches pasando rápido por la calle. Adentro, los mismos muebles (una mesita, un sillón con dos almohadones de terciopelo), la misma ausencia. La inercia que acompaña el discurrir de cada ser humano se esparcía por los sesenta metros que la rodeaban.
Ya no había luz, por eso encendió la lámpara de pie de la sala. En unos minutos la bañera estaría llena. Su cuerpo diminuto, frágil como un lirio, se hundió escuchando el ruido del grifo. Así era insensible al olvido. Bajo el agua las miradas de ellos se perdían por los pasillos. Ahora ni siquiera le importaba eso que a todos les importa, su cola de sirena crecía tanto, tanto, que caía por el piso del baño ocultando el dibujo de los mosaicos amarillos.
Lelia Doura
lunes, 13 de diciembre de 2010
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