martes, 17 de mayo de 2011

B829, V415 Pedr' Eanes Solaz

Eu velida non dormia
lelia doura
e meu amigo venia
ed oi lelia doura

Non dormia e cuidava
lelia doura
e meu amigo chegava
ed oi lelia doura

O meu amigo venia
lelia doura
e d' amor tan ben dizia
ed oi lelia doura

O meu amigo chegava
lelia doura
e d' amor tan ben cantava
ed oi lelia doura

Muito desejei, amigo,
lelia doura
que vos tevesse comigo
ed oi lelia doura

Muito desejei, amado,
lelia doura
que vos tevess' a meu lado
ed oi lelia doura

Leli, leli, par Deus, leli
lelia doura
ben sei eu quen non diz leli
ed oi lelia doura

Ben sei eu quen non diz leli,
lelia doura
demo x' é quen non diz lelia,
ed oi lelia doura

Fenomenológico


Es raro. Porque el cielo está celeste, cantan los pajaritos y no sé qué tipo de bicho también hace ruido. Pero está tronando. Y fuerte. Hace más de veinte minutos. Saco la cabeza por la ventana y veo que mi vecina también mira al cielo. No nos decimos nada. Es raro. No llueve.

Vuelvo con A por la calle ayer y le digo:
-¿Qué hacés para estar contento?
-Pienso en una tía abuela que nunca conocí, pero que cuenta mi madre que llevó una vida de soledad y miseria material y espiritual hasta que se la comió un león.
-Te burlás de mí. Te lo digo en serio. Estoy triste.
-Era mujer barbuda de un circo.
Miro a A.
-Parece que encima la pobre no era hirsuta ni nada de eso, pero lo de la mujer barbuda se llevaba en los cuarenta. Y se metió en este circo que llevaban los gitanos. Se llamaba Lina.
Miro a A. Pienso en los domingos, cuando no tengo ganas de salir a la calle. A veces, de no hablar, me quedo ronca.
-Dice mi madre que le fascinaban las cremas y los esmaltes de uñas. Era muy coqueta y el camioncito donde vivía estaba lleno de polveras y barras de labios color rojo. Nunca se enamoraron de ella, a pesar de que tenía una voz muy dulce y unas pestañas largas. Bueno, eso dice mi madre.
Miro a A y me despido porque llegamos a la puerta de su casa.
Tengo ganas de llorar, pero no lo hago porque A no entendería y yo no podría contarle mi vida en las tres calles que solemos caminar juntos tres días por semana, cuando la clase acaba.
Mientras subo las escaleras, hasta llegar al segundo piso, me imagino a Lina mirándose en un pedacito de espejo que cuelga, atado con un piolín. A no me dijo como es eso de que la comió un león, pero puedo imaginarlo. Los truenos están cada vez más cerca.

Lelia Doura

martes, 10 de mayo de 2011

La foto que habla


Cuesta abajo hay un puesto de diarios en una esquina. ¿Cuántos hay como ese? Miles de miles en los 100 barrios porteños y en sus barrios aledaños. Sin embargo: ¿dónde encontraremos un puesto de diarios que tenga al lado un poste de luz, que tenga un clavo en el poste y de donde cuelgue una foto, una misteriosa, muuuuy misteriosa foto?
La imagen tiene un tamaño considerable, está protegida por un vidrio delgado y parece haber sido sacada en los 70 por los colores, por la vestimenta de los dos protagonistas, por sus peinados y la luz entera. Son dos hombres jóvenes, con camisas de la época, jeans Oxford, descalzos, pelos medio sueltos, medio largos. Están parados en unas piedras, el sol parece mediodía, está lleno de verde en los costados. Parece Córdoba. Son sierras. Verde, verde, verde y la nada. Y ellos dos sonriendo a la cámara. Uno pone el pie sobre la piedra, el otro está más atrás y tiene las manos en la cintura. Hay algo triste como de acompañamiento roto y hay mucho de sorpresa para los que pasamos. De repente, zas, la foto con los desconocidos ahí, antes de cruzar la calle.
El diarero es quien pone la foto en el poste, a eso de las 7.30 de la mañana. Lo vi hacerlo varias veces. A las 15.40 la foto no está, el puesto está cerrado. Las velitas se consumieron en la parroquia de la vuelta.
Esa imagen tiene su mensaje encriptado. La libertad de un viaje de juventud con amigos que fueron naturaleza y fueron salvajes. El ocio sin tiempo, lo que se aquieta en algún punto de nuestro mapa para ser piedra de toque. Refugio para regresar y ver nuestra verdadera cara cuando estamos lejos, lejos de nuestra "Córdoba".
Flor de serenata

domingo, 1 de mayo de 2011

A la maravilla


Les aseguro que no duele. Yo no sentí nada. Lo presentía desde hace años, más precisamente, desde los catorce. Siempre me miraba ese omóplato en el espejo o girándome como las lechuzas. Así porque sí. A fin de cuentas, mi lado izquierdo es mi mitad maldita. Es mi ojo miope, mi lado migrañoso, el de más lunares en los dedos. No sé muy bien cuándo salió, si fue de noche o de día. El señor B la vio hace más de cinco años una tarde en casa, mientras mirábamos la tele. ¿Qué tenés ahí? No sé.
Este invierno hizo mucho frío, por eso no tuve que destapar mi omóplato. Pero dentro de poco llegarán las tardes tibias.
Como les decía, no sentí ningún dolor. Simplemente creció. Un ala. Sí, una ala. No vayan a creer que se parece a la de los ángeles (que pueden ser, además, según la tradición de la que provengan, grandes o chiquitas, blancas o celeste-amarillentas, y emplumadas). No. Más bien se parece al ala de un pollito bebé. O a la de un gorrión que acaba de romper el cascarón. Es chiquita y medio redonda.
Al principio me daba miedo ponerme cosas pesadas encima, como un abrigo, el asa del bolso; también dormir de ese lado en la cama. Pensaba que se iba a aplastar y que quedaría arruinada. Después me relajé, en el fondo no me sirve para volar. También me acobardaba el qué dirán. Una tipa con alita de gorrión. Y sin plumas.
Un día me acordé de los hijos de Melusina y lo entendí todo. Melusina tuvo una cantidad ingente de hijos. Uno por año. Todos guerreros y cruzados. Sanos, fuertes, bellos, héroes. Pero todos, como ella, portaban alguna monstruosidad, una maravilla que los hacía únicos: una oreja más grande que la otra, una pata de león en la mejilla, un diente enorme, tres ojos. No era raro lo de mi alita. Además, las alas de Melusina eran el arma más poderosa. Con ellas, la pobrecita escapa o llegaba dónde quería.
Ahora espero que llegue el sol para pasearla por el Pedroso. Me pregunto, si me cruzara con el gigante de la esquina, cómo la vería él.

Lelia Doura

martes, 5 de abril de 2011

Constelación


Me gusta cuando llega la primavera porque los días duran mucho. Y si hace sol, la luz que entra por mi ventana a la tarde es suficiente para no necesitar lámparas por mucho rato. Pero lo que más me gusta de cuando llega este tiempo es el color que tiene la luna. Amarilla. Miro por la ventana y veo que hoy hay una luna que es como la parte de arriba de una uña de dedo gordo. Amarilla. Esta luna me hizo acordar al pelo de María.
Pero antes de hablar del pelo de María, debería hablar de la otra María.
Una de las Marías es la del primer piso. Jamás saluda y tiene cara de espárrago triste. A veces me la cruzo en la cafetería. Baja siempre con una compañera de despacho con cara, supongamos, de alcaucil. Dos verdes que no le hacen honor a la verdura. Miran por el rabillo del ojo, por abajo de sus anteojos, mientras toman su cafecito de niña bien. Estoy segura de que nunca se sentaron a mirar la luna, ninguna de estas dos.
La otra de las Marías es la que recorre los pisos. Debe triplicarnos la edad a todos. Usa un uniforme celeste que le arrastra por abajo de los zuecos. Bastante. En cualquier rincón que me la encuentre, María me saluda. Y cuando llega el viernes, me desea que descanse. Tiene el pelo como el color de la luna, amarillo, pero no de teñirse. Sus canas son amarillas. Una especie muy rara en un corte de pelo tipo casco. María debe estar ocupada todo el fin de semana en su huerta, seguro. Pero el lunes llega y te sonríe, como si pasar una franela por tu mesa fuese lo más divertido que a un humano le pudiese pasar.
Creo que el día que me vaya voy a extrañar que María abra la puerta del despacho todas las tardes y me sonría con sus dientes parecidos a sus canas.
Y, bueno, en el medio de estas Marías estoy yo que, aunque lo oculto, también soy, gracias a mi madre, María. Tres marías, como las que mi tía Pura me señalaba cuando nos sentábamos en el banco de la quinta a la noche porque hacía calor. Y los sapos perseguían mosquitos o algún bichito de luz se colaba entre las ligustrinas. No sé si los hay por aquí. Además, ahora que lo pienso, desde este lado del océano no se ven las tres marías. Y hoy solo se ve la luna, que para este momento es como una uñita de gato.
L Doura